El refrán y la pérdida del autor

Un libro de refranes se puede leer de dos formas: recogiendo citas aquí y allá o todo en sucesión. En el primer caso, abres el libro al azar, captas un pensamiento mientras saboreas su ironía y sabiduría, lo adaptas haciendo de esta forma anónima la voz misma de tu situación y tu estado de ánimo. En el segundo caso, lees los refranes página tras página, como si estuvieras leyendo una novela o un ensayo, e intentas entrar en la mente del autor, en sus obsesiones, en su visión del mundo.

Por tanto, un libro de refranes parece contener dos modos de lectura diferentes: por un lado, la búsqueda de la cita para nuestro deleite o para nuestra necesidad de sabiduría. No importa quién escribió el refrán, solo importa el refrán en sí. En el segundo caso buscamos lo que nos dice el autor, nos repite, en una especie de diálogo íntimo entre nosotros y el autor.

Para el primer lector, el refrán funciona incluso si es anónimo. El refrán se convierte de hecho en un conjunto discontinuo de pensamientos que puede ser desatado por la persona que lo escribió. Para el segundo lector, el refrán debe leerse junto con su autor, es el idioma de ese autor.

Es evidente que en la mayoría de los casos funciona el modo de primera lectura. De otra manera no se explicaría por qué, desde el punto de vista editorial, una antología de refranes (quizás ordenados por tema) vende muchos más ejemplares que un libro de refranes de un solo autor. Y si vamos a internet, el refrán ajeno a su autor se convierte casi en regla. Como escribe Umberto Eco en el libro Teoría e historia del refrán (una hermosa colección de contribuciones de varios autores sobre el género aforístico) “Si vas a buscar refranes en Internet encontrarás decenas de sitios donde los entusiastas recopilan refranes a veces sin atribución, a veces con atribución de oídas, a veces con atribución falsa”.

Muchos sitios web no están ordenados por autor, sino por tema. No se trata de quién escribió el refrán, sino de lo que dice el refrán.

Si miro las estadísticas de mi blog “Aforísticamente“, La mayoría de mis lectores llegaron al sitio sin escribir el nombre de los autores (por ejemplo, Valeriu Butulescu, Don Paterson, Mauro Parrini, Milan Beštić, etc.), pero escribiendo palabras temáticas como” refranes sobre el amor “,” refranes sobre ‘amistad’, ‘refranes sobre el matrimonio’, ‘frases de sabiduría’, ‘política y refranes’, ‘esperanza’, ‘vanidad’, ‘suerte’, ‘besos robados’, etc.

En ningún otro género literario como en ese aforístico el autor queda eclipsado por lo que escribió. Cuando se cita al autor es sólo una especie de ipse dixit que sirve para reforzar el contenido del refrán.

En apoyo de mi tesis sobre la pérdida de la autoría, me gustaría citar una frase de Indro Montanelli:

“Cuando me viene a la mente un buen refrán, lo cuento en Montesquieu, o en La Rochefoucauld. Nunca se quejaron ”.

Como corolario de lo anterior, citaré ahora un refrán muy famoso y mostraré cómo este refrán se ha atribuido a cuatro autores diferentes. El refrán en cuestión es

Un banquero: la persona que te presta su paraguas cuando brilla el sol y lo quiere de vuelta en el minuto que llueve (con la variante del “banco” en lugar del “banquero”)

Un banquero es alguien que te presta un paraguas cuando sale el sol y lo quiere de vuelta en cuanto empieza a llover.
Este refrán (que como dije también existe con la versión del “banco” en lugar del “banquero”) es atribuido por la mayoría de lectores y críticos al escritor y humorista estadounidense Mark Twain, cuyo centenario de la muerte se celebró este año. .

Una minoría, en cambio, atribuye el refrán al escritor, poeta y aforista Robert Frost. Entre estos también está James Geary en su famosa antología “La guía de Geary para los grandes aforistas del mundo“.

Una minoría aún menor atribuye el refrán al escritor, periodista y humorista británico Jerome Klapka Jerome.

Finalmente, están aquellos, como Pitigrilli en su Diccionario antibalístico, prefiere cortar el nudo gordiano y atribuir el refrán a un autor anónimo.

Ahora bien, no importa si este refrán fue escrito por Mark Twain o por otros. Es importante señalar cómo este refrán se atribuye a cuatro autores diferentes. Y no se excluye que en una investigación más minuciosa puedan surgir más autores.

En el género aforístico esta atribución del mismo refrán a diferentes autores es la norma. Para otros géneros literarios sería, en cambio, un delito filológico de traición. Y si el poema L’albatros ¿Se atribuyó ahora a Charles Baudelaire, ahora a Arthur Rimbaud, ahora a Stephan Mallarmè, ahora finalmente a una persona anónima?