La escritura aforística de Mario Marchisio

Mario Marchisio nació en Turín en 1953. Después de graduarse en derecho, obtenido en Florencia, completó estudios teológicos, egresando del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Turín..

Su obra poética está recogida en tres volúmenes: Líneas lúdicas y satíricas publicadas e inéditas (Joker Editions, Novi Ligure 1999); El caminante. Poemas de amor (Joker Editions, Novi Ligure, 2003); La polilla en el párpado. Poemas góticos 1974-2007 (Mimesis, Milán 2008). Entre sus libros en prosa se encuentran: Diálogos de Incmaro (Ediciones del oso, Alessandria 1999); Teología dura (ASEFI, Milán 2002); La claridad posible. Experiencias literarias (Ediciones del Oso, Alessandria 2005); Los que buscan están heridos (Edizioni dell’Orso, Alessandria, 2007). A el tambien le importaba Antología poética de Vittorio Alfieri (Fabbri Editori, Milán 1998). Ex editor de la revista milanesa Margo, colaborado con El reloj de arena desde 1995 hasta 2004.

Mario Marchisio en un retrato de Daniela Rizzo (foto cortesía del autor)

Dentro de Diálogos de Incmaro, hay una sección, que se titula El año bisiesto, incluidas 366 formas cortas (el número es el del calendario bisiesto). El subtítulo dice: “Cuaderno de pensamientos dispersos y micro-narrativas en el que, entre algunas verdades minuciosamente logradas, un lío mortal de esteticismo, nihilismo y vientos de falsa gnosis“. En una breve nota al comienzo del libro, el autor también utiliza el término “refranes”, definiéndolos como “desvaríos serios y perniciosos”.

En El año bisiesto con frases que cada vez tienen un filo perfectamente afilado y con un sarcasmo verdaderamente noir, Mario Marchisio deambula por ese hecho que no deja de torturarnos y perturbarnos en cada momento: el hecho de nacer. “Cuando nace un nuevo ser humano, mientras los padres, hermanos y amigos, sonríen y casi lloran de alegría, el Espíritu, Edipo, cuyos ojos recién arrancados, han vuelto a crecer sin cesar, desde tiempos inmemoriales, en algún rincón de la tierra o del mar con una voz terribles gritos colapso, colapso! “

En los refranes de Marchisio, la vida y la muerte se fijan como en un juego de espejos. Si la vida tiene su origen en un universo imperfecto, una colonia penal desprovista de luz (“¡somos prisioneros de las tinieblas !, náufragos de esa Luz que sigue, gimiendo, brillando sin ser vista”), la muerte tiene la tarea de redimir esta imperfección. La consigna es “poner paciencia”, ir hacia la muerte sin engaños ni ilusiones: “El paseo que hago al atardecer entre las tumbas no deja de animarme”, escribe Marchisio en un refrán.

Marchisio afronta la muerte en su aspecto más obsceno y real, sin tener miedo de tocar temas como la muerte, el entierro, la descomposición de la carne (vista como receptáculo de todos los males). La vida es sólo un pasaje que espera el más allá (“La cuna: un ataúd que se mece al soplo de la vida. La tumba: una cuna inmóvil, donde expiar la arrogancia”) y el dolor se convierte en “la única forma de pura intuición”. “. En este paisaje enigmático y opresivo Dios está lejos, principio oculto al entendimiento del hombre.

En el contexto de las formas breves, Mario Marchisio no solo cultiva el refrán. En la colección Líneas lúdicas y satíricas, “Con ingenio paradójico e incluso una ligereza cómica”, escribe epigramas satíricos. Estos epigramas -dispersos aquí y allá en la colección, en medio de epigramas y poemas más largos- tienen una matriz muy particular que de alguna manera los vincula a los refranes de El año bisiesto: “El centro del mundo es el féretro / Y todo lo demás, mi palabra / periferia humeante” escribe Marchisio en uno de sus epigramas. Y hablando de su estilo, en otro epigrama más extenso titulado Autorretrato con rayo, afirma: “Mi palabra (…) estropea, embota / infesta, desgarra / quien toca y pica / Es de cada flecha, – de cada cicuta- / más venenoso / mucho más temido”.

Al presentar una selección de refranes, agradezco a Lorenzo Morandotti, escritor y periodista de Corriere di Como, por ponerme en contacto con Mario Marchisio. Agradezco al propio Marchisio por ponerme a mi disposición sus textos y por autorizarme a publicar una selección:

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Mario Marchisio, Diálogos de Incmaro, refranes elegidos del capítulo El año bisiesto

Libertad a los dioses, destino a los hombres.

Cuando nace un nuevo ser humano, mientras padres, hermanos y amigos sonríen y casi lloran de alegría, el Espíritu, Edipo, cuyos ojos recién arrancados, han vuelto a crecer sin cesar, desde tiempo inmemorial, en algún rincón de la tierra o del mar con una voz terrible. grita ruptura, ruptura!

Las personas que nos son extrañas a veces pueden hacernos sufrir. Aquellos a quienes amamos, mueren.

Consternación al saber que dentro de las cajas selladas los cadáveres son viudos de todo gusano. Es realmente cierto, el destino del hombre es una soledad perpetua.

El problema era este: producir el máximo dolor con el mínimo esfuerzo, con un gasto de energía tendiente a cero. La creación del mundo y de la vida cubrió esta necesidad.

los lapsus linguae primero y definitivo fue aquello en lo que incurrió la Palabra.

Resbaló inadvertido, a la hora del cierre, en el cementerio. Soy un vampiro con una salud de hierro, que no conoce el terror de la luz y se acuesta en la tumba como los hombres en sus camas.

Los días, como los buitres, las hienas o los chacales, me rodean esperando una carroña extra.

La cuna: un ataúd que se balancea con el aliento de la vida. La tumba: una cuna inmóvil, donde expiar la arrogancia

Por mucho que gires y gires la tortilla, la verdad no se mueve ni un centímetro: el mejor destino sigue siendo el de no nacer.

Dimensiones. Por cada hombre salvado de una transfusión de sangre, cien condenados por la transfusión de ideas.

Nací, como tú, como resultado de una certeza. Moriré bendiciendo la duda.

Amo la correa para el hombro. Entiendo mejor el estado de ánimo de Dios, gran experto en amores despreciados.

El paseo que hago al atardecer entre las tumbas nunca deja de animarme.

Al plancton humano, a diferencia del de los océanos, le gusta engañarse a sí mismo pensando que ninguna ballena se lo tragará.

La propensión al mal resulta admirablemente incoercible la mayor parte del tiempo: si el hombre solo ve una esperanza de seguirlo, sus energías, por el mismo hecho, multiplicar.

Pan y muerte, y un largo sorbo de líquido amniótico.

Emborracharse, emborracharse con estiércol humano: luego volver al cielo de la poesía.

Es muy difícil, si no imposible, encontrar un muerto con cara de estúpido. Entre las consecuencias de cada pasaje, esta es la principal.

El funeral de Dios ha estado sucediendo desde el principio de los tiempos. Y para empeorar las cosas, la sospecha de que esto es solo una muerte aparente.

Hasta el último día puede intervenir un hecho que trastoque el sentido y la profundidad de nuestra existencia. Para juzgar si tuvimos suerte o no, debemos esperar a que caiga el telón.

¡Prisioneros de las tinieblas !, náufragos por esa Luz que sigue, gimiendo, brillando sin ser vista.

Una úlcera purulenta cortejada por moscas y mohos, soñada en éxtasis por gusanos que la llaman por su nombre: – ¡Aldiquà !, ¡Aldiquà!

El pensamiento de la muerte aterroriza al sabio y al necio: es únicamente por los efectos de pensar en que distingue a unos de otros: calma y comodidad en aquellos, terror doble en estos.

No es extraño que el perro sea el mejor amigo del hombre. Es casi estúpido, débil, falso, celoso, maloliente como él.

Se puede callar por melancolía o por pudor, o timidez, o para no quedar atrapado en la castaña; – para la altivez nunca: el silencio de los altivos es más frágil que un cristal de Bohemia: muy delicado, se rompe con cada soplo de aire.

Dolor: la única forma de intuición pura.

¿Por qué quejarse de los engaños de los demás, cuando solo nos engañamos a nosotros mismos, desde el primer hasta el último día?

Halagos y terquedad: casi cualquier puerta se abre.

Viaje ida y vuelta. Los defectos de la infancia sufren un eclipse parcial durante la juventud y la madurez y luego se multiplican por cien en el umbral de la vejez.

No hay día del año en el que el sol naciente no ilumine el escenario de algún crimen despiadado.

Déjame hacer lo que haces de buena gana obtorto cuello: estar solo, ser malo, esperar la muerte.

La certeza inquebrantable es una invención de fanáticos, de inhumanos. A Dios mismo no le desagrada una pequeña sombra de duda en nuestra fe en Él.

Los sentimientos, no menos que los cuerpos, están sujetos a la putrefacción. Esto permite un tipo muy especial de zombi: el que sigue cultivando – arca oscura de sí mismo – la sustancia descompuesta de un amor antiguo.